La luz avanza, no obstante, con constancia. Los rincones mantienen brillos ocultos, que develan su existencia cuando los destellos luminosos les ejercen la estridencia sobre sus delicados filamentos transparentes. Telarañas que, agarradas con garras de las paredes, llegan hasta el techo y se estiran hasta el suelo. Fuertes, coloridas, estrábicas. Los hilos enmarañados se conectan para formar las redes sutiles. Todo está inmóvil; la fauna no aparece. Sin movimientos, las telarañas se estiran para seguir creciendo a la par del día. La luz logra penetrar un poco más en la habitación. Algo más llega desde afuera, con ella. Los ojos más abiertos, la nariz que respira las partículas de polvo iluminadas por las estelas de claridad.
Algo a través del rabillo del ojo: un movimiento seco, imperceptible. Una patada repentina, un temblor súbito en la telaraña de la esquina derecha, en la habitación que se amanece sin premura. Dar vuelta la cara y mirar de frente. Los pies se acercan y la esquina se aproxima, sin más, sin nada más. El temblor que se repite, sacudiendo el laberinto de filamentos de afuera hacia adentro. Tum tum tum, como la advertencia de peligro antes de entrar en el bosque. Tiemblan abruptamente los hilos para volver rápidamente a un estado de total silencio y quietud. Que nadie se dé cuenta. El movimiento no existe. Nada está pasando.
Los ojos siguen mirando, ya cerca de la telaraña. Las plantas de los pies apoyan sus arcos en el piso de cemento y, al sentir el frío, añoran la temperatura que todavía, de mañana, no termina de formarse. Sólo luz, sin calor; eso por ahora. Los pies avanzan en el camino hacia la esquina. Y otro golpe de fuerza tremula sobre la telaraña estirada. La cabeza, algo hacia atrás, mientras los ojos se cierran para agudizarse. Y siguen acercándose, con las manos hacia delante, estandarte de defensa personal.
Tiembla; una vez, otra vez, otra vez. Los temblores, siempre secos, siempre agudos. Las patas delgadas, aristas ellas mismas, están confundidas en la maraña del tejido traslúcido. Pero se mueven como agujas animales. Tintinean sobre su tela y la hacen temblar, una vez, otra vez, otra vez. Las ocho extremidades se estiran hacia todos los ángulos de la telaraña. En su centro, comanda el cúmulo negro, un punto oscuro que gira casi sobre sí mismo. Las patas surgen simétricas de allí; los temblores se fundan en el fondo neurálgico lleno de líquido vertebral.
La luz vuelve a aumentar su entrada e incide, perpendicular, sobre el entramado arácnido. Otros colores se intuyen en uno de los extremos de la telaraña. Una masa más expansiva, con otras formas de fauna. Un movimiento allí, de otro tipo; un rictus mórbido, un escalofrío entrecortado, mucho más pesado que los de las finas ocho patas. El ojo, de a poco, buscando los colores inconvenientes y los movimientos voluminosos.
El rulo de la extremidad se estira y se retuerce, sacando las pequeñas escamas que no saben cómo comportarse en el aire. La espina dorsal, marcados los pequeños intentos de vértebras, se contractura y se desinflama a momentos. La trompa del hipocampo se queda exhausta de sequía y se va petrificando de a poco, con los rayos de la mañana.













